En un pais católico como es España,
el hecho de no hacer la comunión era casi un pecado capital. Pero eso
no me supuso un problema. Lo que realmente me dolió es no recibir esos
magníficos regalos que mis compañeros de clase me refregaban al día
siguiente de haber hecho ese rimbombante acto católico. Pero bueno, yo ya era un cabroncete de pequeño, y aunque no me
gustaba nada eso de no recibir regalos, tampoco estaba dispuesto a:
atender después de las horas lectivas a unos cursillos que se impartían
en la iglesia, ni a vestirme como un marinero de agua dulce mientras
posaba rezando a un cristo en el que no creía. Si es que siempre he
sido un tipo con principios. Bueno, pues esas dos contrapartidas las
utilizaba como arma arrojadiza a mis compañeros, mirándolos por encima
del hombro, con desprecio, finalizando mi sermón con un 'y además,
yo no creo en Dios, porque deja que se mueran de hambre los negros del
Africa'. A esa edad todavía me refería a las personas de color como
negros, con el tiempo y las series Made in USA ya se que en verdad se
les llama afroamericanos. Por cierto, una de las buenas consecuencias de no haber hecho la
primera comunión (¿hay una segunda?) es la de que en casa de mis padres
no hay colgada encima del sofá una foto de Miguelito mirando hacia la
esquina superior derecha del marco, con las manos juntitas, y el traje
de marinerito todo maqueado. Cosa que no pueden decir la mayoría de mis
compañeros. Si alguna vez tengo un hijo, no le haré hacer la comunión, de hecho
ni siquiera lo pienso bautizar. Cuanto tenga 18 años que haga lo que
quiera, pero que sea él quien lo decida.