De siempre me gustaron las zapatillas
deportivas Adidas. En el patio del colegio eran las grandes
triunfadoras, seguidas de cerca por las Puma, pero el estatus de
triunfador popular se demostraba, sin lugar a dudas, con las zapatillas
de las tres líneas diagonales. Aún no se conocían las Nike, Reebok ni Umbro. Como mucho los
'alternativos' llevaban unas John Smith que siempre he asociado con los
perdedores con personalidad, los sin personalidad llevaban las Jhayber
de cuatro duros que se vendían en el mercado. A las Jhayber también se
las llamaba Delmon, curioso chascarrillo que no era más que el acrónimo
de: 'Del montón de la plaza'. Cuando eres aún un criajo, las zapatillas deportivas son un punto de
referencia, un objetivo a cumplir, un sinequanon para relacionarte con
los tios guays de la clase. Así que como podeis imaginar, el pasar de
utilizar zapatillas deportivas a zapatos fue, aunque pueda parecer
banal, un gran salto evolutivo hacia mi madurez personal. ¿Y qué me motivó para pasar de mis Adidas a mis Martinelli? Pues como no, las discotecas. 'Sin zapatos no entras, chaval'
esa frase me marcó. Tanto el segurata como yo sabíamos que el problema
era que yo no tenía 18 años, pero ya se sabe que los seguratas tienen
ese corazoncito que les impide dejarte en evidencia delante de las
chatis de la cola, y en vez de darme una patada en culo, se basó en un
defecto de forma para no dejarme entrar. Si hay alguna madre leyendo
este blog, dirá que el segurata hizo bien no dejando entrar a la disco
a un chaval de 16 años, pero lo cierto es que si me hubiera dejado
entrar, mi presupuesto hubiera alcanzado para un cubata, nada más. En
cambio, al ser rechazada mi entrada en el templo de la sodomía (esa era
mi visión entonces, claro), mis 1000 pesetas se invirtieron en litros
de clara, mucho más barata, en otro templo: el Bar Sol, donde acabamos
ahogando las penas aquel viernes. Así fue como mis otrora admiradas Adidas, pasaron a ser denigradas
y objeto de burla y escarnio. Mi orgullo me impidió comprarme unos
zapatos y volver a intentar la entrada a la discoteca hasta al cabo de
dos meses. Todos sabíamos que volvería a intentarlo, pero había que
demostrar que haber sido rechazado no supuso un golpe a mi moral, así
es que fue mejor dejar pasar esos dos meses. La siguiente vez que me presenté delante del segurata fue con mis
Martinelli recién estrenados. Y fue entonces cuando me pidieron el
carné, y tampoco pude volver a entrar, pero eso es otra historia que
tocaremos más adelante en mi autobiografía. Por cierto, desde aquel día me acostumbré a llevar zapatos, y aún
hoy los llevo (no el mismo par, por supuesto), pero ya no son
Martinelli, porque ahora me los pago yo, y mi sueldo de informático no
me da para esos lujos, así es que llevo orgullosamente unos zapatos
Delmon con suela de goma que chirrían sobre suelos recién fregados.
Pero con la cabeza bien alta, que ya no tengo que impresionar a mis
compañeros de cole. Por cierto, mirad este enlace: Las zapatillas Adidas Predator de Beckham.
Hoy me he entrenido un poco mirando
galerías de fotos, de esas que la gente pone en internet, pensando que
ningún conocido las verá jamás... O eso, o realmente la gente está muy
mal. Y si no os lo creéis, mirad este par de fotos que alguien ha puesto bajo el sugerente título de: Amos y esclavos. Act: Desgraciadamente borraron la página... cachis ¿Increible o no?