No es que me agrade especialmente dedicar y personalizar una de las entradas de este blog, pero creo que la ocasión lo merece. Es más, se merece no una entrada, sino dos. Así que a todas aquellas brillantes mentes pensantes que idearon el proyecto del “Bicing” en la ciudad de Barcelona: va por ustedes.
Pero lo primero es lo primero, ¿qué es el Bicing? Básicamente es una palabra chachi-guay-ultra-mega-ecolo-progre-de-la-muerte ideada sin duda por algún experto en marketing para describir un servicio municipal de alquiler de bicicletas. ¿A que queda moderno eso de “bicing”? Dónde vas a parar. Solo con escuchar “bicing” ya me entran ganas de correr a pagar la correspondiente cuota al ayuntamiento.

La idea en teoría no suena mal: moverse en bici por Barcelona. Más ecológico, más sano, haces más deporte, consumes menos gasolina, etc, etc. Supongo que al sector ecolo-progre que pulula por el ayuntamiento debió parecerle una idea de lo más excelente para cuidar el medio ambiente y facilitar la movilidad. Igual hasta perfilaron dicha idea mientras circulaban en su coche oficial de vuelta a sus respectivas casas en la zona alta de la ciudad. Ah, ¿no había mencionado el pequeño detalle del coche oficial? Ya veis, resulta irónico que buena parte de los promotores del invento no vayan a usarlo jamás. Bueno, miento, apuesto a que lo usaron para la foto oficial el día de la inauguración. Si es que todavía hay clases entre los ecologistas. Faltaría más.
Pues nada, a comprar bicicletas, instalar dispensadores de bicis y montar carriles bici por toda la ciudad. Ale, ya está. El problema del transporte público en Barcelona ya está solucionado. ¿O no? Tras unos añitos con esto del “bicing” podemos extraer algunas conclusiones:
¿Más sano? Deporte haces, cierto. Pero eso de ir resoplando y pedaleando detrás del tubo de escape de un autobús a mi no me parece nada sano. Seré raro, pero… De hecho puestos a ser puntillosos incluso podríamos afirmar que al aumentar el ritmo respiratorio el ciclista urbano está respirando más contaminantes por minuto que la persona que va a pie, en bus, o en coche. Sería curioso que alguien llevara a cabo un estudio al respecto, a ver si al final resulta que lo que ganas perdiendo lorzas, lo pierdes destrozándote los pulmones.
¿Más rápido? Otra de las cacareadas ventajas es que uno se mueve más rápido por la ciudad. Si y no. Depende del trayecto y depende de que el dispensador de bicicletas situado cerca del destino no esté completamente lleno y uno deba liarse a dar vueltas para dejar la dichosa bicicleta. Un ejemplo real: 15 minutos de trayecto y casi 25 para encontrar un hueco libre donde dejar la bici. Genial, casi 40 minutos en total. En ese tiempo casi se puede cruzar toda Barcelona en tren, en metro, o incluso en taxi. Brutal ganancia de tiempo, pardiez.
¿Más ecológico? Sin entrar a valorar el coste ecológico de la instalación del sistema (recordemos que las bicis se tienen que fabricar y pintar en algún sitio), el ahorro de combustible es discutible teniendo en cuenta lo bien pensados que están los carriles bici. Estratégicamente colocados para añadir nuevas paradas en las que los coches deben quedarse al ralentí soltando humo. Por no hablar de las furgonetas con remolque dedicadas al mantenimiento de las bicis que a cualquier hora del día se plantan delante de los dispensadores cortando la circulación en uno de los carriles de la calle. El “bicing” genera atascos, pero como son atascos ecológicos supongo que no deben contar. Genial, nuevamente.
¿Útil para llegar al trabajo? Pues nuevamente depende de dónde se trabaje y de la época del año. Si uno trabaja en un almacén moviendo mercancía llegar algo sudado al trabajo no creo que sea un problemón, pero como trabajemos en una oficina o de cara al público al segundo día que aparezcamos rodeados del agradable aroma del sudor nos tirarán por la ventana. Menos mal que en los veranos barceloneses casi no se suda, nótese la ironía.
Y todo esto sin entrar a valorar el hecho de que la gran mayoría de usuarios del “bicing” se pasa por el forro los carriles bici y circula por donde le viene en gana. Claro, como van en bici y las señales de tráfico son para los coches pues ¿para qué hacerles caso? Los peatones ya no sólo deben tener cuidado al cruzar una calle, ahora también deben andarse con ojo cuando andan por la acera no sea que aparezca un esforzado ciclista urbano.
Sencillamente brillante todo el conjunto. Casi tan brillante como la luz de una vela.
Otro día hablamos del estado del transporte público en la ciudad.
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