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Perros, faldas y política no se llevan bien. Y menos en tiempos de Enrique VIII.

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Rebuscando en el baúl de anécdotas históricas me viene a la mente una bastante curiosa ambientada en aquellos bonitos años en los que Enrique VIII de Inglaterra se esforzaba animosamente por establecer la decapitación conyugal como deporte nacional.

Cuenta la historia que allá para el siglo XVI, cuando Enrique VIII todavía estaba casado con Catalina de Aragón pero ya había puesto sus ojos sobre Ana Bolena (y seguramente ya empezaba a tener ganas de posar también sus manos), se encargó la delicada misión de negociar con el papa Clemente VII la nulidad del matrimonio real a uno de los hombres de confianza del rey en asuntos exteriores: el cardenal Thomas Wolsey.


El cardenal Wolsey había demostrado ya una notable habilidad como estadista, pero lo cierto es que esta nueva tarea tenía su miga. El papa Clemente VII sabía que, tomase la decisión que tomase, ofendería a una casa real europea. Si concedía la nulidad ofendería a la corona española, si no lo hacía se enemistaría con Enrique VIII. Por otro lado parece ser que la influyente familia de Ana Bolena no apreciaba precisamente al cardenal Wolsey, así que tampoco sería muy arriesgado suponer que éste quizá no se aplicara a fondo en unas negociaciones destinadas a encumbrar a unos potenciales adversarios políticos.

Fuera como fuese el caso es que tanto titubeo y retraso no sentó demasiado bien al temperamental Enrique VIII. Como consecuencia directa de su real mosqueo tenemos la caída en desgracia del cardenal Wolsey y eventualmente la ruptura de Enrique VIII, y por ende de la iglesia de Inglaterra, con el Papa.

Bien, pero ¿dónde esta la parte anecdótica de todo este embrollo político-faldero? Pues en el hecho de que resulta que el cardenal Wolsey parece ser que tenía un galgo al cual apreciaba mucho. Tanto es así que se lo llevó consigo desde Inglaterra en su viaje para negociar la nulidad matrimonial con Clemente VII. 

Cuentan que tras arduas negociaciones el Santo Padre accedió finalmente a conceder  la nulidad del matrimonio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón. Todo parecía indicar que el cardenal Wolsey concluiría con éxito su delicada misión diplomática. Todo parecía indicarlo hasta que el bueno del galgo creyó intuir que su amo se encontraba en peligro al verlo postrado a los pies del Santo Padre. Para consternación de todos los presentes se abalanzó sobre el papa Clemente VII y sin que nadie pudiera evitarlo le propinó un buen mordisco. El previsible resultado fue que un furioso Clemente VII dio por finalizada la ronda de negociaciones negando la nulidad matrimonial.

Y así fue como la sobreprotección de un galgo dio origen al cisma de Inglaterra.

¿Hecho histórico o simple leyenda? Sea como sea, un consejo: no os llevéis el perro cuando tengáis que negociar un aumento de sueldo.

Por RRandom el [21/07/2009 12:48]
Publicado en : Historia soprendente
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Y de muchos otros, para que negarlo.

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Hoy toca un poco de historia, de esa historia curiosa y en ocasiones un tanto bochornosa que no suele figurar en los libros de texto.

Corría el otoño de 1814 allá en la lejana Albión, más concretamente en su capital, Londres, cuando en las instalaciones de la destilería Meux’s Horse Shoe Brewery se dio por finalizada la construcción de la que posiblemente fuera una de las cubas más grandes del momento. Una cuba con capacidad para más de 600000 litros de cerveza, o lo que es lo mismo, más de 3500 barriles. Que no es poco.

Para celebrar tan destacado evento, justo antes de llenar la cuba de cerveza, la destilería decidió celebrar una comida dentro del gigantesco barril. Cuentan que consiguieron acomodar a unos 200 comensales en su interior, duplicando orgullosamente la marca establecida por un fabricante de la competencia que “únicamente” pudo llegar a acomodar 100 comensales en la inauguración de su cuba. Una curiosa costumbre esa de comer dentro de barriles gigantes.

El caso es que tras la comilona se procedió al llenado de la cuba con rica cerveza inglesa. Y hemos de suponer que se llevó a cabo en un ambiente bastante alegre, recordemos que a fin de cuentas se trataba de una destilería, pues nadie se percató de que uno de los soportes de la cuba era defectuoso. Evidentemente ocurrió lo que tenía que ocurrir, la cuba cedió y se rompió llevándose también por delante otros depósitos cercanos. Se estima que casi un millón y medio de litros de cerveza inundaron violentamente las calles cercanas para sorpresa y alegría de los vecinos.

La noticia corrió como la pólvora: ¡cerveza gratis para todos! ¡Fiesta! No hizo falta repetirlo dos veces: se  reunió tal masa de londinenses borrachos que hasta los propios trabajadores encargados de las labores de rescate y desescombro tuvieron dificultades para llegar hasta el lugar del accidente.

En un hilarante giro de humor negro, la riada de cerveza aun nos dejó una coletilla final. Amén de diversos muertos, el accidente del barril dejó un reguero de heridos más o menos graves empapados en cerveza de pies a cabeza. Según parece, conforme estos heridos se iban acumulando en un hospital cercano, el olor a cerveza se fue extendiendo por los pasillos y salas del mismo hasta el punto de que los pacientes ingresados llegaron a pensar que en el hospital se estaba repartiendo cerveza gratis a todo el mundo excepto a ellos.

Por supuesto tamaña afrenta no podía ser tolerada, había que lavarla con sangre o mejor aun, con cerveza. En poco tiempo estalló un verdadero motín hospitalario que acabó por aumentar aun más la ya larga lista de heridos causada por la inundación cervecera.

Parece que la proverbial afición de los londinenses por la cerveza viene ya de lejos.


Más información en: Riada de cerveza

Por RRandom el [29/04/2009 13:06]
Publicado en : Historia soprendente
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